Tayta mayo

Cuento finalista del I Concurso Internacional de Narrativa Breve "Habla de tu aldea"

por Edgar Alberto Norabuena Figueroa.

Ahora te amarras los shaqapa, cascabeles que alguna vez sacudió con fuerza tu yaya, la antigua máscara de danzante que tu tayta Anselmo heredó de su ayllu cubre tu rostro misterioso, te ciñes la corona de plumas coloridas; estás listo. Dentro del traje de danzante de tus antepasados, ahora sientes sus fuerzas de guerrero, sus latidos de tinya, sus alientos de coca, sus miradas de puma, sus músculos de piedra milenaria y hasta sus presencias de wamani. No te importa la sangre que chorrea por tu frente, ni las inexplicables heridas que descubres en tu cuerpo, tu deseo es más fuerte que todo; solo quieres rendirle culto al Tayta Mayo bailando de Caporal, y ahora brincas al son de las tinyas y quenas, tan ligero como un alma luminosa que se aferra a la vida.

La calle se agita repleta de gente que te aplaude y se sorprende al verte esas cabriolas que ni tú mismo sabes cómo estás haciendo; pirueteas vestido de blanco plateado y truenas tu chicote con vehemencia, mismito Apu Illapa, nuestro venerado dios Trueno, queriendo romper el azul acero del cielo; el sol es otra vez quemante, pero no sientes calor.

Mañana habrá contrapunteo -sonó una voz ronca y ancestral- Antonio y Pascual competirán para ser Caporal, es mi deseo como Mayoral. Sentenció la boca de labios verdes del viejo Eleuterio mientras chakchaba coca de su alforja a la vez que alcanzaba una jarra de chicha a los asistentes. En la prueba de danza, trotaron y piruetearon con la agilidad de dos saltimbanquis, hasta que el sudor mermó el polvo del patio que se levantaba como almas apuradas por subir al cielo, tronaron sus chicotes con la furia de guerreros Waras, las tinyas apuraron su redoble y los corazones de los maltones retumbaron en son de guerra mientras las miradas de fuego se clavaban entre los adobes del muro donde una réplica del Tayta Mayo los miraba compasivo. Luego, comenzaron a beber chicha de un cántaro grande y viejo que reposaba bajo el dintel del zaguán hasta sentir que los músculos excitados poco a poco se adormecían en la dulzura de la jora de maíz; de los ojos antes fulgurosos, ahora comenzaba a brotar una mirada de ceniza que parecía perderse en el horizonte de nevados enfilados y serenos como Dioses ancestrales.

Estrellaron sus cabezas contra el piso, sus brazos apretaban con furia de gladiadores los hombros del rival tratando de sumergirlo al polvoriento piso, un gran bullicio se armó entre los testigos que brindaban por cada golpe de su favorito, entre jarras y jarras de chicha, la algarabía se posesionó de los que miraban con admiración el esfuerzo de los dos maltones que no cejaban de mirarse con rabia, el sudor a veces les saltaba del cuerpo como chispas producidas por el choque de dos metales jóvenes y vigorosos; Antonio estaba más ebrio y cayó fulminado en la tercera prueba, el sol se metió detrás de una gasa de nube, visiblemente desilusionado mientras el metálico músculo del vencedor resplandecía broncíneo en un grito de victoria.

Por un momento, yació con el rostro en el polvo, tirado como un gallo que entierra el pico, como un toro bravo cruelmente atravesado por la espada enemiga; mientras un hilillo de sangre dibujaba siniestras líneas en su frente; la tinya y la flauta enmudecieron sorprendidas, petrificadas en el eterno segundo, a lo lejos, Apu Huascarán lo estaba viendo todo en silencio. Pascual fue ceñido con la corona multicolor, era el nuevo Caporal de la Shaqsha de Tayta Mayo. Antonio, derrotado, se incorporó en silencio y salió tropezando ante el brindis de los asistentes, con el rostro empolvado y herido en su orgullo, tiró la puerta de calamina que detuvo por un momento a los músicos que ya animaban la celebración, el viejo Eleuterio se persignó al ver la sombra de Antonio lamer el muro de adobe y tocar el brazo de la cruz en actitud de despedida antes de desaparecer para siempre detrás de la puerta.

Saliste tropezando a toda prisa como gladiador que esconde su vergüenza, tuve que acompañarte, era mi deber, dejé a la primita Emicha que me hacía ojitos dulces mientras me convidaba su matecito de cuy y salí corriendo para alcanzarte, ¡Antonio, Antonio!; al cruzar la carretera, ni cuenta nos dimos de que venía un camión choclero desde Carhuaz, de pronto oímos el claxon ensordecedor entorpeciendo nuestros pensamientos, yo me tapé los ojos, horrorizado por lo que nos iba a suceder, tú te abrazaste a mí tratando de protegerme. Felizmente, nada pasó, y no sé cómo, arrojados a un borde de la carretera, nos miramos intactos, resplandecientes de vida y sonreímos con complicidad por lo que acabábamos de pasar, nos levantamos ligeritos, con más fuerzas y ganas de vivir todavía, entre una batahola de palomas espantadas que volaban no sé a dónde.

¡Vamos a tomar, carajo, para que se pase mi cólera!, me dijiste aun mordiendo la rabia entre tus amarillentos dientes. Como tu hermano menor, te hice caso, nos fuimos al "Sietepatadas" y allí estuvimos hasta no sé qué hora, bebiendo jarras y jarras de chicha con punto que la sonriente chola Antuca traía gratis solo porque te la llevabas, de vez en cuando, detrás del murito de la huerta y le levantabas la pollera amarilla buscando no sé qué cosa mientras ella gritaba como loca mordiéndose la manga de su chompa. No debiste salir así, debiste felicitarlo al menos, brindar por él, total, es nuestro primo, te decía reprochando tu actitud mientras pedías otra jarra más a la chola que ya te estaba guiñando para que la lleves, otra vez, detrás de la huertita y vuelva oliendo a hierba y lúcumos maduros con la mejilla más chaposita todavía.

Al salir, la luna estaba muy grande y plateaba de lleno el cielo incendiado de estrellas que parecían bailar una chuscada, al verlas inexplicablemente enormes, me asusté. Creo que estamos muertos, murmuré bromeando. Tú, ni caso me hiciste desde detracito del muro donde pataleabas encima de la chola Antuca que parecía sofocarse de gusto con sus ojitos capulí incendiando las piedras que lo cobijaban. Vamos por las ruinas de Wilcahuaín, escupiste ya ebrio luego de ajustarte los pantalones. Al llegar. sacaste coca de tu wallqui y comenzamos a chaqchar a la sombra de un milenario muro inca.

Creo que lo soñé todo, aún no estoy seguro, tal vez solo estoy viendo fragmentos de un gran espejo roto de todo lo vivido. Cuando desperté, no sé dónde, Papá estaba conmigo, con esa misma sonrisa de antaño, cuando pregunté por ti, me dijo que te habías ido como Caporal al contrapunteo. Me alegré mucho, habías luchado tanto para ser Caporal de la Shaqsha de Tayta Mayo, y ahora seguramente estabas dirigiéndolos haciendo tronar tu chicote hasta lamer, con su punta, la cima de nuestro apu Huascarán, mismito dios Trueno cuando anuncia la fresca lluvia para nuestras papitas en flor; pero luego pensé, ¿y Pascual, qué pasó con él, acaso no había ganado el derecho de ser él quien dirija la Shaqsha?; de pronto, ¡trazzz!, un funesto presentimiento electrizó todo mi cuerpo. ¿Papá?, ¿cuándo has regresado?, ¿no te habías muerto cuando estábamos todavía chiquititos en el Sismo del 70? Papá sonrió, me miró en silencio con una blancura que me paralizó la respiración, quedé atontado, sin poder moverme; se dio media vuelta y se fue por la empedrada calle José Olaya apretando su alforja de coca al hombro mientras un huayno inundaba el ambiente con su melodía.

Cuando volví a casa completamente confundido, mamá lloraba desconsolada, clamaba por sus hijos, entonces la abracé cariñosamente diciéndole que estábamos bien, que ya no llorara por nosotros; pero ya no me hizo caso, y hasta pareció que no podía verme. Salí al patio y todo estaba distinto. Una tela negra colgaba del dintel de la puerta principal y la gente entraba, sombrero y cirio en mano, en silencio, y mi madre respondía a sus abrazos; entonces me di cuenta de todo. Poco después, vi a Pascual bailando como Caporal.

Todo esto me pareció muy confuso, demasiado raro, medité mucho; tardé días para darme cuenta de que mi hermano y yo, en realidad, no logramos cruzar la carretera aquella siniestra tarde.

Edgar Alberto Norabuena Figueroa.

 

Publicado originalmente en marianallano.com

 


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