"EL ORATE EN SU ESPEJO": GOTA DE SAL QUE HORADA EL DESIERTO

por Jorge Fernández Espino


" Solamente la nada hace honor al pensamiento"
Honoré de Balzac

"¿Qué puede el hombre
contra la locura de todos?"
Luis Cernuda

La cuestión es que, en este deámbulo existencial, todos vamos dejando algo en el camino; lo contrario ocurre (con anuencia de la pérdida) cuando algún bardo decide llevarse el camino dentro; y pasan los tiempos y el bardo no encuentra lugar entre las estaciones donde dejarlo.

El que sueña sombras no goza de buena salud, dicen los que interpretan los sueños mientras voltean la gastada baraja; la bohemia gitana, zíngara, lee en los altos goces de la magia recogida en Egipto, mientras reseña naipe tras naipe el anuncio de la huella en la arena.

Acuclillado en el Ande, el anciano chamán esparce sus hojas de coca en la piedra, para leer tino y desatino, mientras la gota suspendida, diagonal, cede; y tanto va ella, repetida, que el anciano desnuda sus manos; parte presuroso, báculo y oráculo en ristre, gritando que febrero come la piedra, el espejo quedará sembrado hasta entrada la noche; bajo la luna, lechuza, con su mar de nitrato de plata y de mil años de espuma.

En el humo, vaho de la noche para los poetas, los indios americanos transmigraban sus calmos poemas de cielo límpido, como sus miradas, que encendían tierno fuego al elevado mensaje de amor a su amada; la triste manta sube y baja describiendo el cielo en el paisaje ausente. Regido por la luna, presagio de péndulo, el espejo acoge su íntimo límite, la fugaz presencia del bardo depositando gestos imprecisos, sellos de papel, arañazos diversos de la humana fusión, ávidas voces que emiten sombras de cóncavos lenguajes, señalándole que la bruma, o la niebla, está vaciando, desde el fondo del caído espacio, su nombre, y él siente que no es aún parte corpórea del inicio de la imagen, que su mirada extravía buscando en el espejo el derredor de su claustro, acusado de lirismo, enjambre en el acuario; los papeles se mecen (aún no imaginados) con sus títulos, crispando la pelambre del gato que salta aullante para delicia de la madrugada.

Carlos Ramírez Soto y sus veintiún poemas, entre la varazón de libros y pinacotecas, allí está, bajo el reloj de Desamparados: Martín Adán entrando y saliendo de las salas de Siquiatría del Larco Herrera: Antonin Artaud entre sus nenecas (como él llamaba a sus enfermeras) con sus hipodérmicas de láudano para detener el dolor de su locura; Frederik Nietzsche, ebrio en el espejismo de opio; y miles de pequeños enanos medievales enhebrándose, desde Hieronimus Bosch hasta la oreja cortada de Vincent Van Goh. En el espejo del cuadro, Dalí pinta a Gala; y el gato vuelve a saltar sobre la hoja en blanco.

Cada hombre, cada forma de vida es, en esencia, una chispa de la llama, un fragmento del indivisible, vestido con los ropajes de la ilusión. Dislocado el hueso, Quijote insiste en vencer sus molinos de viento, agua que da vuelta al espejo para que las mieses lleguen a boca de Sancho, su otro yo. Anchurada Castilla, letra aún no bien bebida, que cruza el oasis. La luz, el perpetuo movimiento, el verdadero espejo de las sombras, reverbera en el desierto de la sed del camello, beduino, tuareg, el espejismo deambula su certero camino, la arena, sal de la mar olvidada, enarbola palmeras, dibuja ojos de agua y el peregrino bebe en ella su último poema, secada la piel y la voz que atraganta la duna.

Acuáticos reptiles estallan a la hora del sol. Carlos Ramírez Soto, al igual que Mersault, el extranjero de Albert Camus, camina en la desértica estancia de su claustro de poeta; lo pequeño se vuelve inconmensurable, un apacible disfraz de dogo cuélgase de sus pisciano signo; veinticuatro bocanadas insalvables de sus cigarrillos pueden matar su otro yo; las sombras que lo siguen desde el infinito, vestidas de algas, de lámparas precarias, de naipes, tarot, dados desusados y esa vieja alfombrada de ego, llanto y lagarto.

A veces el fuego para el orate, es el auténtico cordel hacia el sueño, la modorra que ronronea el gato al pie de los fogones; otras, el bullicio que desmesura la ciudad en su colmena, el humano ardor que el sol calcina entre la estridencia de los cláxones, donde el orate vocifera buscando espacio en su aullido. El inconsciente, la consciencia y la supraconsciencia, en una unidad vivencial, en términos de sicología, un todo con el calor y fuego de la iluminación, irradiación de un todo. Allí el Satori, la "Raison D etre", es una momentánea alineación de todos los vehículos con la mente universal, que los usa.

Lejos de todo ello, en un lugar de la memoria, algo devuelve (como tañido en la tormenta) trozos de cuento antiguo: "¿Por qué envejeces y yo permanezco siempre joven? ¡Oh Dorian Gray!". La luminosidad del agua invita a entrar en su jardín, en la caverna de cristal en el apacible lago donde la imagen no está a la vista; y , entonces, el orate, decidido, entra rasgando el viento que lo cubre, y se interna en búsqueda de la otra orilla; tal vez es su momento de estrecha lucidez con el poema, con la oscura hoja que lo espera tras el espejo para ser, con alguno de sus largos sueños, inscrita en la vastedad de su piel, por donde ahora parte risueñamente.

Jorge Fernández Espino (Perú, 1943) Artista chiclayano que cultiva la pintura, el mimo y la poesía. Estrenó el arte de mimo por primera vez en Chiclayo en 1961. Ha viajado por diversos países de América del sur y Europa. Tiene los siguientes trabajos poéticos -varios con el carácter de inéditos- "Latitud Celeste","La Cadena Oleanda", "Zona Calcárea", "En la Estación del Aire", Cenígraphos" y "La Canoa Cardinal"

 

MI DEMONIO AL ACECHO

Si todos caminamos con un loco,
Yo tengo uno, en mí, más de la cuenta;
Locura en esta noche se acrecienta
Y vuélvese lagarto lo que toco.

A veces, por la senda, me trastoco;
Y siento que, mis dientes son de menta;
desplázame hacia ti en cámara lenta
Oh calle que me apagas siempre el foco.

Entonces, por mi lar, se filtra un río
Y me sacudo, en hondo escalofrío,
Cuando una mano fuerte me atenaza,

Hasta hacerme volver a mis adentros,
Pues tengo tanto miedo a esos encuentro
Con mi otro yo, o al diablo en plan de caza.

 

AUREOLA DEL AUSENTE

El brazo con que hube socorrido
La pierna de mi hermano, tan doliente,
Saltó desde mi hombro de repente
Y fuese a esconder despavorido.

Es mío el artefacto, no he mentido
Ni vengo a averiguar por un durmiente.
Les digo que saltó, como de un puente,
Y se alejó de mí, sin hacer ruido.

Ahora yo lo advierto en mis arterias
Venir corriendo con heridas serias;
y grita, cuando pasa por mi lado

Convulso de saber que, allá en la puerta,
Hay un loco diciendo de la alerta
Por la rabia del perro y su bocado.

 

Carlos Ramírez Soto (1943) Poeta peruano nacido en la Isla Lobos de Tierra (Lambayeque). Es uno de los fundadores de la "Asociación de Escritores Lambayecanos" (ADEL). Tiene publicados los poemarios "Ínsula a solas" (1975); "La palabra entre las piernas" (1981); "El Génesis" (1983); "En Carne Viva" (1984); "Concierto" (1986); "Pinturas Callejeras y Otros Oleos" (1988); "Estampas monsefuanas" (1988); "Festín" (1989); "Homenaje a Puerto Eten" (1990), "Poesía de la mitología: Greco-romana" (1990); "Homenaje a los marcianos", "Un cuento en navidad" y "Concierto para cuerdas" (1991); "Cuando el Mar era Niño", "Letargesia" (1995); "Matices" , "Laberinto" (1995) , "Caballo Peruano de Paso"; "El orate en su espejo" (2000) y "Universo del ser" (2003) entre otros.

 

 

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lo que escribes es hermoso y expresan sentimientos sigue así y seras grande