DE LAS VEGAS TODO TURISTA SE ENAMORA

por JORGE VARAS.


Adentrarse en el corazón de Las Vegas, es descubrir un mundo realmente fascinante. La bella arquitectura exterior e interior de los rutilantes Hoteles Casino atrapan el espíritu irremediablemente. Uno siente que pasea por una ciudadela de fábula, admirando las luces de este gran centro de la diversión, desde los techos sicodélicos de la calle Freemont, el romántico boulevard parisino, con su elevada torrre Eifell sus decorados cafetines y paraderos envueltos por la tenue luz de los faroles, el diminuto New York con sus vías numeradas que suben por la quinta avenida hasta el Empire State Building y bajan por el Puente de Brooklyn, la pequeña Venecia que palpita en el interior del Hotel Palazzo donde la gente bajo un techo siempre celeste va a pie o en góndolas oyendo placenteramente los sonoros cánticos de los gondoleros: "O sole mío..."

Todo en Las Vegas es alegría y emoción, y los mismos hoteles-casino, con su variedad de servicios, que incluyen piscina, gimnasio, y otros espacios de relax, hasta por 40 dólares diarios ofrecen una grata estancia en sus instalaciones. Los casinos siempre repletos de gente intentando quitarle algo de "money" a las máquinas comebilletes ubicadas en las plantas bajas de los hoteles. Mientras uno juega, le llegan a los oídos canciones del inolvidable Elvis Presley entonadas por algún afanoso imitador que bailotea sobre un entablado rodeado de curiosos, mientras unas camareras esbeltas y de falda corta van y vienen ofreciendo bebidas a los clientes. Dentro de los casinos hay de todo para todos: variedad de tiendas para comprar regalos, restaurantes con comida típica de determinados países, cultivados parques y jardines y además llamativas esculturas. Uno puede pasarse horas admirando la imponente figura del faraón y las paredes piramidales del hotel Luxor, la magnífica réplica del Coliseo Romano, con el olímpico Zeus al centro de una pileta en el interior del hotel Cesar Palace, o el excelente diseño del hotel Excalibur, que nos recuerda a Disneyworld.

De Las Vegas uno se enamora, porque ha experimentado nuevas sensaciones. Y los turistas que vuelven lo hacen con alegría; algunos bajan del avión bailando y se acercan presurosos a las máquinas que parecen estar ya esperándolos con sus sonidos abiertos. Pasear por el centro de Las Vegas, con sus amenos conciertos nocturnos, la alegría de vivir desbordante de la gente que va las calles, en medio de un clima humanamente cálido y las luces plenas de fantasía que irradian por doquier, es un goce para nuestros sentidos.