ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA AL CALLAO

 

ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA AL CALLAO

 

 

 

     Anoche soñé que volvía a mi pueblo, al primer puerto del Perú, al Callao, a la Provincia Constitucional del Callao. En él, afloraban con nostalgia sus callejones con ambiente jaranero, sus rincones culinarios, el señor del mar en procesión recorriendo sus calles amigas en medio de incienso y mirra. Volvía después de muchos años a pisar su suelo, a sentir el aliento de los amigos que envejecían y a respirar su aire, mientras su húmeda brisa marina, corroía el hierro de las embarcaciones ancladas en su puerto...

 

   También el Océano Pacífico bañando sus playas: la Punta, Cantolao, Chucuito, la Arenilla. Sobre todo, la Mar Brava con sus grandes olas que venían para golpear con fuerza sobre la playa, y recordarme cómo trepábamos sobre sus piedras, que formaban largos montículos, para ponernos a salvo de sus garras. Hasta allí arriba llegaban, salpicando el agua salada que nos caía como lluvia empapándonos, para regresar deprisa mientras nosotros volvíamos tras de ellas tirándoles piedras, requintándolas, toreándolas. Así, el agua marina, retrocedía agitada para volver al rato con más fuerza y lanzarnos sus amenazantes resacas que lográbamos sortear. Después de apedrearlas y mofarnos de ellas, sus aguas se tornaban mansas cual gacelas y nos poníamos a jugar haciendo rebotar las piedras sobre su superficie; era el momento en que nos poníamos a buscar las piedras más hermosas que nos traían sus aguas en su enfurecido vaivén.

   

     Cargados de piedras, regresábamos a casa cuando el ocaso nos advertía de que la noche estaba próxima. Entonces, nuestra hermana seleccionaba las más bonitas y las ponía en el acuario para los peces. Algunas eran planas, coloreadas y brillantes, también plateadas, ovaladas y negras con círculos verdes y amarillos en su entorno.

 

     La Mar Brava: era una mar, como lo dice su nombre, ¡brava!; pero más que eso, era traicionera, de repente estaba mansa y te confiabas, pero al momento se ponía agresiva. Pensábamos que era así por lo malo que éramos matando los patillos con nuestras hondas. Todo por el hecho de divertirnos y medir nuestras punterías. Cuando lo arrastró a Jano, a las profundidades dejamos de frecuentarla. Jano era un buen amigo de infancia, un hermano más que entraba y salía de casa como cualquiera de nosotros, que abría la refrigeradora y comía como quien más de la familia, paraba en casa más que en la suya, creo que estaba templado de nuestra hermana. Esa tarde, lo estoy viendo como en mi sueño, salimos juntos después de almorzar; íbamos con nuestras toallas para hacer la digestión tumbados a la orilla de la fresca brisa de la mar brava.

 

Sí, esa tarde que se ha prolongado toda una vida, ahora aparece en mi imaginación: Jano y Francisco debajo de la ola, corrieron y lograron salir de su garganta y sortear la primera resaca con éxito; en la segunda, Francisco se puso a salvo, pero no Jano que fue cogido, no obstante, logró vencerla. Cansado, con la mano hacia delante, pedía que se la cogiéramos, hasta una sonrisa de satisfacción nos mostró cuando lo hicimos; pero de pronto, inesperadamente, se creó una tercera resaca que fue por él y nos lo arrebató de las manos haciéndolo desaparecer en segundos. Éramos unos niños y en nuestra inocencia creíamos que la mar brava se lo llevó a Jano porque era el que más patillos había matado, en el aire los cogía con su honda y se regocijaba viéndolos caer en picada sobre el agua.

 

      A los pocos días de su desaparición volvimos a la mar brava, estaba agitada, sus olas reventaban más cerca de la playa y sus aguas llegaban azotando contra las paredes arcillosas de los muros desgajándolas. Como una lengua se había tragado los montículos de piedra, no quedaba ninguno. Por las pendientes subían sin poder alcanzarnos, la teníamos a nuestros pies viendo como se esforzaban para llegar a la cima, y como regresaban frustras. Allí, a lo lejos, nos quedamos contemplando a que se calmaran a ver si un milagro hacia salir a nuestro amigo de sus entrañas, pero nada, nunca más le volvimos a ver, una y otra vez volvíamos y lo único que devolvían eran las piedras formando nuevos montículos.

 

     Han pasado muchos años y aún recuerdo, después de este sueño, a mi Callao querido. Lo imagino sumergido, con el horizonte marino muy por arriba de sus calles, de sus casas; esperando cuándo será engullido por la mar brava; pero no, allí impertérrito permanece erguido y desafiante.

 

Noviembre 2006

Hugo Ramírez Alcocer

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