ARGUEDAS EN LOS CIEN AÑOS DE LA NOVELA LATINOAMERICANA

 


En la Casa América de Barcelona, el crítico argentino Ricardo Piglia hizo el pasado mes de junio un lúcido recorrido por el mapa de líneas y cruces de la novela latinoamericana, que este año cumple un siglo. El zorro de arriba y el zorro de abajo, de José María Arguedas, es considerada por el crítico argentino como una de las mejores novelas escritas en el siglo veinte.


La obra de Arguedas cuenta con una extensa bibliografía que incluye estudios de Ángel Rama, Peter Elmore y Ricardo González Vigil, así como los ensayos críticos de autores como Ariel Dorfman y Mario Vargas Llosa. Para algunos académicos, Arguedas es el fundador de la nueva narrativa hispanoamericana de la segunda mitad del siglo veinte, junto con otro autor peruano: Ciro Alegría.



Los relatos de Arguedas se inscriben formalmente en el neoindigenismo, mediante el cual supo traducir unas raíces autóctonas y volcarlas en su obra. Arguedas es el máximo representante de la transculturación narrativa: una asimilación de las técnicas narrativas occidentales de los siglos XIX y XX, pero sometidas a una transfiguración acorde al marco histórico-cultural del mundo andino y el Perú de todas las sangres (González Vigil: 1995).


Según el crítico y narrador Ricardo Piglia, uno de los rasgos más interesantes y valiosos, tanto en la obra de Arguedas como en la del paraguayo Augusto Roa Bastos, es el de haber trabajado el bilingüismo hasta conseguir forjar un estilo que asume la sintaxis de la otra lengua: el quechua y el guaraní, respectivamente. Piglia cita, como ejemplos destacados, la novela Moriencia de Roa Bastos y la última novela de Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo, publicada póstumamente en 1969 tras su suicidio, y que el crítico considera como una de las mejores novelas escritas en el siglo veinte.



En su conferencia de Barcelona. Piglia analizó las transformaciones en el contenido de la novela de Latinoamérica y señaló los elementos que han persistido como reserva y como modo de narrar en los autores de este ámbito geográfico-cultural. Un elemento central en la tradición novelística es el de la construcción de los personajes. Pero la noción de destino, advirtió Piglia, es distinta en la tragedia, donde éste aparece dotado de trascendencia, mientras que en la novela se da más bien una comprensión del sentido de las vidas individuales: "En el trayecto de la novela se constata una persistencia de los personajes", puntualizó.



Piglia analizó también la novela en relación con el cine y la narración social. La novela adquiere un grado de libertad cuando su público se desplaza al cine. Lo mismo ocurre en el cine con respecto a la televisión, o también en la televisión con relación a los nuevos medios. Para el crítico la relación entre la novela y el cine en Latinoamérica ha sido muy fructífera, y ofrece ejemplos que van desde Jorge Luis Borges y el cine de género hasta el modo narrativo de las novelas de Manuel Puig (El beso de la mujer araña, La traición de Rita Hayworth).



En cuanto a la relación de la novela con la traducción, Piglia señaló que la actividad de romanzar (traducir) ya está presente en El Quijote. ¿Qué otra cosa es, si no, la intención declarada del narrador de contar su propia versión de una novela árabe por él hallada? Por ello podemos decir que la novela es un género siempre listo para traducirse porque "va más allá del lenguaje", donde siempre se transmite algo, incluso a través de una mala traducción. Es un género literario que puede sobrevivir a los cambios, lo que es constatable en el efecto de las traducciones de obras del narrador estadounidense William Faulkner hechas por autores como Borges, Onetti o García Márquez, quienes al ejercer de traductores también asimilan las técnicas narrativas del autor norteamericano. Sobre este aspecto, es conocido el deslumbramiento que produjo en Arguedas la lectura de Las palmeras salvajes de Faulkner, y de lo cual deja constancia en su correspondencia: "[un relato] hermoso y de lo más original...Y todo el ambiente del libro tan nuevo, tan moderno y raro."



También cabe una reflexión sobre los modos en que los autores latinoamericanos "leen el conjunto de la cultura". Por ejemplo, en la difusión del género policial por parte de Borges en base a sus lecturas de Conrad, Stevenson y Wells, se da por sentada una aceptación de la noción de orden en la trama y de un equilibrio en la construcción del argumento de la novela. De este modo se va construyendo un canon para el quehacer literario latinoamericano. En la década de 1960, Piglia dirigió en Argentina la edición de una serie de novelas de género policial que se proponía descifrar o hacer evidentes "los mecanismos profundos del funcionamiento social", por ejemplo, alrededor de la noción de complot o conspiración política que tan productiva ha sido en nuestra narrativa. Es así que el complot es una metáfora planteada por el propio Piglia en su novela Blanco nocturno (2010), donde realiza el tránsito de la novela policial hacia una épica que interpreta los efectos de los hechos políticos sobre las vidas de las personas.



El tema de los viajeros fue también abordado en su conferencia de Barcelona. Para el crítico, la figura del viajero ha ejercido gran influencia en la construcción de libros canónicos: el Facundo de José Faustino Sarmiento, así como Gombrowicz y su viajero sedentario en Transatlántico, son ejemplos de la construcción colectiva de un nuevo estilo.
Piglia señala que existen tres grandes poéticas de la novela en una Latinoamérica que si bien aspira a una unidad política, se mantiene ocupada con sus diferencias culturales que tienen unas áreas de influencia genérica muy definidas. Por una parte, menciona a Alejo Carpentier y la poética de lo real-maravilloso, donde el Caribe constituye un espacio con tradiciones culturales propias (un archipiélago de civilización comparable a la antigua civilización Griega, en palabras del poeta Derek Walcott). Por otra, se ubica el Río de la Plata y la poética de lo fantástico, con Jorge Luis Borges y Macedonio Fernández que introducen la presencia de un narrador incierto, un personaje que avanza en la construcción de una realidad; y una tercera poética, constituida por la tradición de la oralidad de las hablas campesinas y prehispánicas, que Piglia denomina como "de castellano cruzado", y que se encuentra en la obra de Guimaraes Rosa, Juan Rulfo y el propio Arguedas.